No te espantes, por más que te vieres acosado de tentaciones; el demonio, dice San Agustín, es semejante a un perro atado a la cadena: puede ladrar, pero no morder. Ármate impávido con la señal de la cruz; o bien di interiormente con mucha paz:
Os amo, Dios mío, dadme vuestra gracia para que nunca os ofenda… ¡Antes morir que pecar!
Puedes también dirigir a la Reina de los Ángeles la siguiente aspiración:
¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Acordaos que soy todo vuestro: guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra.
Aun cuando cayeres en la tentación y cometieres alguna falta, no te desalientes por eso; sino humíllate, imponte alguna penitencia, o por lo menos di con vivo dolor:
¿Y no os había, oh buen Jesús, dado palabra hoy mismo de nunca más ofenderos? ¡Y qué pronto he faltado a ella! Perdonadme, Dios de clemencia, que me pesa en el alma de haberos ofendido.

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