Oh mi Dios, Jesús y Salvador mío, Dios y hombre verdadero, con el profundo respeto que me inspira la fe, os adoro y os amo de todo corazón en el augusto Sacramento del Altar donde estáis oculto por mi amor. Deseo reparar todas las irreverencias, profanaciones y sacrilegios que haya tenido la desgracia de hacerme culpable, como también los que han sido cometidos hasta este día y lo sean, ¡ay!, en adelante.
Así pues os adoro, oh Dios mío, no tanto, es verdad, como merecéis y debería yo hacerlo, pero al menos tanto como puedo; y quisiera poder hacerlo con toda la perfección de que son capaces todas las criaturas racionales juntas. Me propongo adoraros ahora y siempre, no tan sólo por esos católicos indignos que no os adoran ni os aman, sino también para indemnizaros del olvido y alcanzar la conversión de todos los herejes, cismáticos, ateos, impíos, blasfemos, esclavos de Satanás, mahometanos, judíos e idólatras.
¡Ah, Jesús mío!, que seáis conocido de todos los hombres y por todos adorado, amado y colmado de acciones de gracias a cada instante en el santísimo y divino Sacramento.

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