Por Ottavio Marchetti S. J.
Presentación
Estos exámenes de conciencia para adultos podrán servir no solamente para el tiempo de los ejercicios, sino también para la enmienda mensual de quienes ya tengan la santa costumbre de hacer cada mes un día entero o al menos medio día de retiro. También podrán leerse en público en las funciones vespertinas de las Parroquias, como ya se hace en algunos lugares para gran provecho de las almas. Para un mayor fruto será conveniente acompañarlos con los Actos para cada examen indicados al principio del libro.
Quiera Dios que este pequeño trabajo contribuya a purificar cada vez más a las almas, y a estimularlas al cumplimiento fiel de los deberes cristianos.
Actos para cada examen
Acto de fe en la Divina Presencia
Dios mío, no os veo con los ojos corporales, pero os puedo ver con los ojos de la fe, que son aún más seguros que los del cuerpo. Sé que en este momento, divino Interlocutor mío, me veis, me observáis, me penetráis, os interesáis por mí, me escucháis y me respondéis con ilustraciones internas. Y antes de hablaros, me arrojo a vuestros pies, adorándoos y reconociéndoos que Vos sois el Dios de infinita majestad, y que yo soy sólo vuestra pequeña y miserable creatura.
Representación del Juicio
Imaginaré ver a Jesucristo, Supremo Juez, sentado en un trono de nubes, lleno de majestad y de esplendor. Alrededor de Él, los ángeles, los Apóstoles, los Santos, prestos a aplaudir su sentencia. Delante de esta grandiosa Corte, trataré de sentirme pequeño, pequeño, lleno de espanto y de terror a la espera de mi sentencia.
Esto ciertamente pasará. Es sólo cuestión de anticiparme con mi imaginación a aquel momento.
Grandeza de los beneficios de Dios
Dios mío, toda la vida me habéis colmado de gracias y beneficios naturales y sobrenaturales. El último y más precioso es haberme tenido tanta paciencia y no haberme arrojado ya al profundo abismo.
Recuerdo ahora todo como en un relámpago, porque vuestra infinita munificencia hace aún más evidente mi malicia y mi ingratitud.
Petición de luces
Oh, Dios mío, en el día del juicio me daréis la luz. ¡Y aún así no será demasiada! Oh, dadme un poco ahora, en este momento, para que pueda conocerme, recordar mis culpas, comprender el fondo de mi malicia y arrepentirme.
Examen de conciencia
Se realiza el examen que se haya escogido.
1. Examen sobre la fe
- ¿Creo en todo lo que Dios ha revelado y la santa Madre Iglesia enseña? — ¿He dado alguna vez oídos a las pretensiones de la razón, que todo quiere saberlo, incluso las cosas ocultas de Dios? — ¿He prestado atención a los maestros del error, a compañeros ignorantes o maliciosos, que quisieran apartarme del Dios de sabiduría y de bondad? — ¿He leído alguna vez libros que pudieran minar mi fe, o removerla de sus fundamentos? — ¿Me he dejado llevar por doctrinas criticadas o condenadas por la Iglesia? — ¿Cómo me he comportado frente a las dudas que tal vez han surgido en mi mente? — Al sentir su asalto, ¿les he replicado gritándoles enérgicamente desde lo más íntimo del corazón: Dios mío, creo todo, estoy presto a morir por mi fe?
- ¿Conozco mi fe? — ¿Recuerdo el Catecismo estudiado durante mi infancia? — ¿Me he contentado con él, o he sentido el deseo y la necesidad de extender y ampliar mis conocimientos religiosos? — ¿Leo libros que puedan consolidar el fundamento de mi fe y que me expongan ordenadamente la verdad revelada? — ¿Suelo frecuentar cursos de instrucción religiosa superior? ¿Amo al menos la palabra de Dios y la escucho gustosamente cuando la predican en la iglesia? — ¿Sé resolver las principales dificultades que se suelen objetar contra la fe? Y no sabiéndolo, ¿trato al menos de informarme con los ministros de Dios?
- ¿Es mi fe laboriosa? — ¿Soy acaso creyente en teoría pero ateo en práctica, cristiano de boca mas pagano de obras? — ¿Me contento con recitar el Credo, olvidando el Decálogo? — ¿Se puede decir de mí lo que la Escritura dice del Justo: “Mi justo vive de la fe”? (Hebr. 10 38). — ¿Mi vida está siempre regulada de acuerdo a los principios de la fe? ¿en toda circunstancia del peregrinar terreno? ¿en el dolor de aquí abajo? ¿en las aspiraciones del más allá? — ¿Estoy embebido del espíritu sobrenatural, de modo que todo en mí, pensamientos, palabras, obras, sacrificios, dependan de la fe? — ¿O tal vez sigo los principios de la naturaleza, de las pasiones, del mundo, y vivo como si eternamente debiera quedarme en esta miserable tierra?
- ¿Es mi fe franca y abierta? — Sin hacer ostentaciones inútiles, ¿no escondo mi fe? — ¿Me dejo amedrentar por las sonrisas irónicas, por las palabritas mordaces, por los motes de los compañeros irreligiosos o perversos? — ¿Soy víctima de los respetos humanos? — ¿Soy cristiano en casa e indiferente en la calle, practicante en las sombras e irreligioso a la luz, virtuoso en familia y vicioso en sociedad? — ¿He consentido, por una imperdonable timidez, a conversaciones blasfemas? ¿He desistido de entrar en la iglesia? ¿He omitido los deberes más graves de la vida cristiana?
- ¿Qué amor tengo a la Iglesia y al Romano Pontífice? — ¿Sé y creo que la Iglesia es la depositaria de la verdad revelada, la intérprete autorizada de la palabra de Dios, la maestra infalible de la fe? — ¿Sé y creo que el Romano Pontífice es la cabeza visible de esa Iglesia, el sucesor de Pedro, y por eso el Pastor de la única grey, el Custodio de las llaves del Reino de los Cielos, el dulce Cristo en la tierra? — ¿Venero a la Iglesia y al Papa? — ¿Conformo mis opiniones y pensamientos con sus enseñanzas y decisiones? — ¿Me pliego dócil a su querer? — ¿Secundo sus deseos? — ¿Sostengo sus causas? — ¿Tomo partido en su favor? — ¿Los defiendo cuando son impugnados, vilipendiados, perseguidos?
Dios mío, me avergüenzo y me arrepiento de mis debilidades, de mis ignorancias, de mis incoherencias, de mis timideces, de mis defecciones, y os pido sinceramente perdón por ellas. En este instante creo, pero os diré como los apóstoles: “Señor, aumentad mi fe” (Lc. 17 5).
Dulce Corazón de mi Jesús, haz que os ame cada vez más.
2. Examen sobre la oración
- ¿Estoy persuadido de la necesidad de la oración para obtener las gracias de Dios? — ¿O tal vez la considero como una cosa superflua: si la hago, ¡bien! si no la hago, da lo mismo? — O peor, ¿la tengo como una superstición digna de gentes simples e ignorantes, y la desprecio? — ¿Pongo empeño en cumplirla, y en cumplirla bien, o no me interesa? — ¿He fijado un tiempo determinado para mi oración diaria? — Mejor aún, ¿rezo en todo tiempo, en una elevación constante de mi corazón a Dios?
- ¿Qué uso hago de la oración? — ¿Rezo a la mañana, apenas me levanto, sabiendo internamente que me espera una jornada entera que debo vivir cristianamente? — Yo, que jamás me olvido de dar al cuerpo su alimento, ¿me olvido empero fácilmente del alimento de mi alma? — ¿Me atrinchero tal vez detrás del pretexto de que tengo prisa, de que me falta el tiempo, aun para hacer pequeñas oraciones al Padre o a la Madre del cielo? — ¿Rezo cuando llega la noche, antes de acostarme, para obtener una noche tranquila? — ¿Rezo durante el día, al inicio de cada acción importante, en el momento de las tentaciones, en las dudas, en las aflicciones? — ¿Rezo para pedir luces en las grandes decisiones de la vida?
- ¿Cómo rezo? — ¿Pido que venga el Reino de Dios y su justicia, o al menos las cosas que a este Reino y su justicia se refieren? — ¿O tal vez me limito a pedir solamente cosas terrenas y de poca monta? ¿cosas que para mí sean importantes, pero que no son tales de hecho ante Dios? — ¿Rezo con espíritu de sumisión y resignación a la voluntad divina? — ¿Soy humilde en mis oraciones, y expreso esta humildad de espíritu con la humillación externa de ponerme de rodillas? — ¿Rezo con confianza, convencido de la bondad de Dios? — ¿Rezo con insistencia y con perseverancia, persuadido de que Dios tiene sus días y sus horas para escucharme? — ¿Rezo con recogimiento y reverencia, como conviene a la majestad de Dios, a quien me dirijo?
- ¿Por quién rezo? — ¿Soy egoísta o rezo también por los demás? — ¿Deseo para los demás lo mismo que deseo para mí? — ¿Rezo por mis padres, por mis parientes, por mis benefactores? — ¿Rezo por mis amigos, y también por mis enemigos? — ¿Soy un apóstol de la oración? — ¿Rezo por los infieles, para que puedan llegar a la fe; por los herejes, para que retornen a la verdad; por los cismáticos, para que se unan al único redil querido por el divino Pastor; por los pobres pecadores, para que se conviertan; por los buenos, para que perseveren y mejoren; por los agonizantes, para que venzan en la última batalla de la vida y se aseguren el Paraíso; por los difuntos, para que prontamente puedan salir de la cárcel del purgatorio y sean admitidos en la gloria? — Cuando rezo, ¿siento que no estoy solo, sino más bien que soy el representante de mis hermanos, de toda la humanidad, delante del Dador de todo bien?
- ¿Participo de la oración pública? — ¿Voy a la iglesia, que al decir del divino Maestro, es la “casa de oración”, y me uno al pueblo fiel para dar a Dios el tributo colectivo y social del culto? — ¿O tal vez lo desdeño y me aíslo? — ¿Voy especialmente el domingo, “día del Señor”, porque ese día debe estarle especialmente consagrado? — ¿Y voy para unirme al divino Orante en el rito eucarístico, en el sublime sacrificio de la santa Misa? — ¿No falto jamás a este grave deber, y me comporto en él como conviene a un acto tan solemne?
Dios mío, siento en mí una fuerza misteriosa y poderosa, la fuerza de la oración. Debería haberme aprovechado más de ella en beneficio mío y de los demás, y no lo he hecho. Me avergüenzo y me arrepiento sinceramente de ello. No obstante, me atrevo a dirigiros ahora el pedido más urgente, el del perdón, y confío que no lo rechazaréis. “Ten piedad de mí, Señor, que soy pecador” (Lc. 18 13).
Oh Jesús, haz que yo sea vuestro, todo vuestro, siempre vuestro.
3. Examen sobre los tres primeros pecados capitales
- ¿Soy soberbio? — ¿Qué estima tengo yo de mí mismo? — ¿Me creo superior a todos, más inteligente, más docto, más experimentado, más virtuoso, más santo que los demás? — Como el fariseo de la parábola, ¿me comparo con los demás para sacar siempre esta conclusión: “Yo no soy como los demás hombres” (Lc. 18 11)? — Y, para asegurarme de este primado, ¿recurro al aguijón de la murmuración, buscando demoler a los demás para levantarme yo mismo sobre sus ruinas? — ¿Estoy verdaderamente persuadido de que, si en mí hay algo de bueno, no es mío, sino de Dios que me lo ha dado? — Y entonces, ¿se lo agradezco y me valgo de sus beneficios para darle gloria únicamente a Él? — ¿O tal vez soy un idólatra de mí mismo y sólo pienso en mi gloria? — ¿Y esta gloria la voy mendigando en todo lo que hago, amañándome para ser visto por los hombres y recibir su aplauso? — Y si la obtengo, ¿me envanezco y exalto neciamente? — Si se me niega el elogio y sólo recibo críticas, ¿me entristezco, me exaspero, me rebelo, me siento humillado? — ¿Busco los primeros lugares? — ¿Me gusta mostrarme? — ¿Hablo de mí, de mis cosas, de todo lo que pueda de algún modo atraer sobre mí la atención de la gente o el favor de los grandes?
- ¿Soy avaro? — ¿Demasiado apegado a los bienes de la tierra? — Si poseo bienes, ¿no siento el afán insaciable de ellos, de modo que cuantos más tengo, más quiero tener? — Y si no los poseo, ¿me siento inquieto, consumido por el despecho de ver que los demás sí tienen? ¿Estoy lleno de odio y envidia? — Para obtener bienes, ¿no he lesionado las grandes leyes de la justicia? — ¿Me he aprovechado alguna vez de los bienes de los demás? — ¿He tomado sin permiso alguna cosa ajena, dentro o fuera de mi casa? — Actualmente, ¿tengo alguna cosa que no me pertenezca? — ¿Estoy dispuesto a restituirlo todo, cómo y cuándo me sea posible? — Para obtener bienes, ¿he lesionado las grandes leyes de la caridad? — ¿He cerrado el corazón duramente ante mi prójimo por avaricia? — ¿Soy como el egoísta de que habla la Escritura, que anda repitiendo: “¡Comeré yo solo!” (Ecles. 11 19), importándome muy poco que los demás mueran de hambre, mientras yo tenga bastante, mientras yo tenga en abundancia? — ¿Sé dar a los pobres lo que me sobra? — ¿Sé hacer alguna pequeña mortificación, algún pequeño sacrificio para aliviar la indigencia y el dolor de mis hermanos? — ¿Tengo esta característica de los verdaderos discípulos de Cristo?
- ¿Soy lujurioso? — ¿Siento en mis miembros este terrible fuego? — O mejor dicho, ¿cómo me comporto en estos espantosos incendios, puesto que el fuego, aunque yo no lo quiera, es una consecuencia de mi naturaleza caída? — En la inevitable lucha entre la carne y el espíritu, ¿cuál de estos dos elementos triunfa? — ¿La carne triunfa sobre el espíritu y lo materializa? — ¿O el espíritu triunfa sobre la carne y lo espiritualiza? — ¿Es mi vida como la de los ángeles del cielo, o como la de los brutos de la tierra? — ¿Cuál es el horror que siento ante este género de caídas? — ¿Sigo sin sentirles repugnancia, por la frecuencia con que me abandono a ellas? — ¿Me he formado la convicción de que ciertas cosas son inevitables a mi edad y en mi condición? — ¿Me sirve esto de pretexto para debilitarme en la lucha? — ¿Resisto a las tentaciones con fortaleza? — ¿Recurro a la oración? — ¿Frecuento los sacramentos? — ¿Cuán sinceros son mis propósitos? — ¿Estoy resuelto a no caer? — ¿Soy pronto en huir de las ocasiones de pecado: malos compañeros, diversiones peligrosas, lecturas sucias? — ¿Qué suelo arrojar al fuego que me abrasa: agua o nafta? — ¡Responde, alma mía!
Dios mío, mi pobre corazón es como “la caverna en que se arrastran innumerables reptiles” (Sal. 103 25). Concededme la gracia de matarlos uno a uno, y de purificar este pobre corazón, para hacer de él vuestra santa morada. “He esperado en Vos, no seré confundido” (Sal. 30 1).
Señor, gracias por haber muerto en la Cruz por mis pecados.
4. Examen sobre los otros cuatro pecados capitales
- ¿Soy envidioso? — ¿Me disgusta ver que otros tienen lo que yo no tengo: dotes de mente y de corazón? — ¿Me contrista ver que los demás prosperan? ¿que triunfan en sus empresas? ¿que consiguen el elogio de sus padres, de sus compañeros, de sus superiores? — ¿Considero su ascenso como mi disminución, su engrandecimiento como mi oscurecimiento? — Este innoble sentimiento, ¿me ha empujado a valerme de una lengua envenenada? — ¿He hecho o difundido juicios temerarios y sospechas infundadas? — ¿He hablado mal del prójimo, publicando cosas secretas de él, exagerando cosas ciertas, inventando cosas falsas? — ¿He atribuido a los demás intenciones que no tuvieron? — ¿He tenido reticencias e ironías de mala especie? — ¿He sido malicioso en mi pensar sobre los demás? — ¿He obstaculizado su camino, sus deseos o sus legítimas aspiraciones? — ¿Me he comportado como Abel o como Caín?
- ¿Soy iracundo? — ¿Me abandono a esta fogosa pasión? — En el fragor de la ira, ¿he dejado que salieran de mi boca palabras ofensivas y groseras? ¿Tal vez imprecaciones? Peor aún, ¿profanaciones de los nombres santos de Dios, de Jesús, de María? — ¿Conservo en el corazón algún rencor, alguna enemistad, tal vez algún odio? — ¿He maquinado en la mente proyectos de venganza? — ¿Recuerdo la gran ley del perdón? — ¿La pongo en práctica? — ¿Cuántas veces: siete, como dijo Simón Pedro, o setenta veces siete como ha enseñado Cristo? (Mt. 18 22). — Y este perdón, ¿es sincero? — ¿Responde a la enseñanza evangélica: “Bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os maltratan, rogad por los que os persiguen”? (Lc. 6 28).
- ¿Soy goloso? — ¿Corro detrás de los placeres del gusto? — ¿Voy siempre en búsqueda de las cosas dulces, de las bebidas agradables, de las comidas delicadas, de los vinos embriagantes? — Y para procurármelos, ¿gasto un precioso dinero que podría utilizar mejor con provecho del alma? — En casa, ¿soy tan poco complaciente y contentadizo que mi familia ya no sabe qué hacer para darme de comer? — ¿Me sumerjo en los alimentos y en la bebida a la manera de los brutos? — ¿Abuso de ellos hasta dañar mi salud, hasta embotar mi espíritu?
- ¿Soy perezoso? — ¿Negligente para levantarme por las mañanas? — ¿No me decido nunca? — ¿Me asemejo a la puerta que, como dice sarcásticamente la Escritura, gira y gira sobre sus goznes, y yo en mi cama? — ¿Soy perezoso a la hora de mis oraciones? — ¿Nunca encuentro el tiempo adecuado, o más bien nunca tengo ganas? — ¿Perezoso en mis deberes de escuela? — ¿Perezoso en mis deberes de oficio? — ¿Trabajo lo más o lo menos posible? — ¿Tengo el mismo ideal que el perezoso arriba recordado: el sueño? — Por un poco duermo, por otro poco dormito, por otro poco cruzo los brazos y apoyo sobre ellos la cabeza para descansar. ¿Así? — El ocio, padre de todos los vicios, ¿ha tenido en mí numerosa prole? — En las largas horas pasadas en no hacer nada, ¿no me han asaltado las tentaciones? ¿no me han dado guerra los demonios?
Dios mío, me parece ser como aquella mujer pecadora del Evangelio, de la que Jesús expulsó siete demonios, porque tenía los siete vicios capitales en el cuerpo. Pero al menos la Magdalena, con sus lágrimas, lavó su conciencia; y encontró en su corazón la llama purificadora del amor. Señor, haz que también yo llore, que también yo ame mucho, para poder sentirte decir: “Te son perdonados todos tus pecados” (Lc. 7 48).
Todo por ti, Corazón Sacratísimo de Jesús.
5. Examen sobre el uso de los sentidos
- Los ojos que Dios me ha dado para ver el espectáculo del universo y elevarme a Él y alabarlo, ¿los he usado para ver el espectáculo del mundo, que rebaja el alma al fango? — Los ojos que Dios me ha dado para ver los ejemplos edificantes de mis hermanos, que excitan a la virtud, ¿los he empleado para fijarlos sobre los escándalos de la calle, de las plazas, que me han hecho caer? — Los ojos que Dios me ha dado para leer los libros santos y buenos que enseñan a amarlo, ¿los he usado para entretenerme en lecturas deshonestas, que me han enseñado el mal? — ¿Recuerdo la sentencia de Cristo: “Si tu ojo te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti: mejor te es entrar en el cielo con un solo ojo, que con los dos ser arrojado a la gehena” (Mt. 5 29)? ¿La pongo en práctica? — Al menos, ¿he arrancado el objeto que es motivo de escándalo para mis ojos y mi corazón? — ¿He hecho con mis ojos el pacto del santo Job: “No mirar para no pensar” (Job. 31 1)? — ¿Tengo presente las enseñanzas del divino Maestro: de que es reo de pecado torpe no sólo quien lo pone por obra, sino también quien mira con mal deseo y mala intención? — ¿Cuánto mortifico, pues, mis ojos?
- Los oídos, que Dios me ha dado para oír la palabra de la fe, la palabra de la verdad, la palabra que exhorta a la virtud, ¿los he usado sólo con este fin? — ¿O tal vez para oír murmuraciones contra el prójimo; los discursos vanos y ligeros del mundo; conversaciones inmorales y torpes; músicas lascivas, cantos inspirados en las pasiones y destinados a suscitarlas? — Y puesto que a los oídos le corresponde la lengua, ¿qué uso he hecho yo de esta lengua, que Dios me ha dado para rezar oraciones, para difundir la verdad y el bien en torno mío? — ¿He sido siempre correcto en mis conversaciones? — Como quiere el Apóstol, ¿me esfuerzo en no mencionar cosas que desdicen de la santidad del cristiano? (Ef. 5 3). — De mis conversaciones, ¿ha salido el prójimo edificado? ¿No ha quedado tal vez escandalizado alguno, sobre todo los inocentes?
- La boca, que Dios me ha dado para gustar de las cosas del cielo, y el indecible deleite del Pan eucarístico, ¿cómo la he usado? — ¿Le he impuesto el freno de la mortificación? — ¿He observado las leyes eclesiásticas de la abstinencia y el ayuno? — Si mi salud o mis ocupaciones no me lo permitieron, ¿he tenido la humildad de pedir la dispensa? — ¿He observado al menos la gran ley de la mortificación del gusto, absteniéndome de algo que me pudiera dar placer? — ¿He educado este sentido en la renuncia y en la abnegación, como decía Jesús, a saberse decir que no?
- El olfato, que Dios me ha dado para deleitarme con los perfumes de la virtud y del ungüento suavísimo de Cristo, ¿cómo lo he usado? — ¿He buscado afanoso los perfumes de flores y esencias para embalsamar no el alma sino el cuerpo, este cuerpo que dentro de poco no será más que carne fétida? — En lugar de la mortificación, que según la etimología quiere decir, estar muerto, ¿no me habrá quedado más que esto: el embalsamamiento anticipado?
- El cuerpo, órgano del tacto, ¿lo he disciplinado? — ¿Qué respeto le tengo? — ¿Pienso que está santificado por la unción del bautismo y de la confirmación, y por el contacto frecuente con las carnes virginales de Jesús en la sagrada comunión? — ¿Pienso que, si estoy en gracia de Dios, mis miembros son templo del Espíritu Santo? — ¿Lo he profanado con inmodestias y abusos? — ¿Tengo respeto por el cuerpo de los demás, venerándolo tanto como el mío? — ¿Me he permitido alguna vez familiaridades, confidencias o cosas peores? — ¿Observo la regla de educación: “juego de manos, juego de villanos”? — ¿Sigo la sabia ley dada por Dios a nuestros primeros padres, para evitar el pecado: “No toquéis el fruto del árbol prohibido para no comerlo”? (Gen. 3 3).
Dios mío, momento vendrá en que tu ministro se acercará al lecho de mi agonía para ungir mis pobres sentidos con el óleo santo, y entonces invocará en mi favor tu misericordia por todos los delitos cometidos con los sentidos. No esperes, oh Dios mío, hasta esa hora para concederme tu misericordia: dámela ya ahora, mientras llorando te expreso mi más sincero arrepentimiento.
6. Examen sobre la huida de las ocasiones
- ¿Amas el peligro? — ¿Lo buscas? — ¿Te obsesiona? — Entonces ¿cómo puedes asegurar estar arrepentido de tus pecados? — Si el arrepentimiento es el pesar de haber ofendido a Dios, ¿cómo se puede creer que estés arrepentido, cuando quieres ofenderle todavía, exponiéndote a nuevos peligros? — ¿Tienes la presunción de ser lo bastante fuerte para resistir, como si pudieras hacerlo sin la ayuda de Dios, y como si Dios tuviera que dar su ayuda al presuntuoso? — ¿Aduces en tu excusa la experiencia del pasado, como si no pudiera acontecerte ahora en un momento lo que no te aconteció antes? — ¿Eres acaso esclavo de tus pasiones, obcecado en el vicio? — ¿No serás de aquellos ilusos que “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”?
- ¿Cuáles son tus amistades? — ¿Son mejores o peores que tú? — ¿Son de tal condición que te llevan a mejorar, o son más bien de los que te llevan a empeorar? — ¿Y cómo eres tú? — ¿Sabes el proverbio: “Dime con quien andas y te diré quién eres”? — ¿Practicas amistades ligeras? Entonces eres ligero. — ¿Practicas amistades mundanas? Entonces eres mundano. — ¿Practicas amistades libertinas? Entonces también tú eres libertino. — ¿Deseas continuar así, o estás decidido a cambiar? — ¿Eres sincero al prometerlo, o hipócrita? — ¿Piensas acaso poder engañar a los hombres? ¿Por qué no piensas que jamás podrás engañar a Dios, que escruta los corazones humanos?
- ¿Cuáles son tus diversiones? — ¿Son de hecho “recreaciones” en el sentido etimológico de la palabra, esto es, actos que te vuelven a crear de nuevo, cuando te distraes del trabajo y del cansancio? — ¿O tal vez son actos que tienden a destruirte física y moralmente? — ¿El trabajo es para ti la regla y la diversión la excepción, o viceversa? — ¿Frecuentas lugares cerrados y tenebrosos, donde los ojos se fatigan bajo imágenes luminosas, y los nervios se tensan bajo el esfuerzo, sacudidos con la vibración de la pasión? — ¿Frecuentas esos sitios donde la variedad que distrae queda remplazada por la fijeza de escenas obscenas, que degradan y pervierten? — ¿Prefieres los espectáculos inmorales, a los morales que aún se exponen y se anuncian en los buenos periódicos? — ¿Frecuentas esos lugares que dicen mejorar el cuerpo, pero en los que el alma se enferma, por la inmodestia de las costumbres admitidas y autorizadas por el mundo?
- ¿Cuáles son tus lecturas? — ¿Tomas y lees todo lo que cae en tus manos? — ¿No te preocupas en elegir, porque dices que todo te puede venir bien? — ¿Prefieres así los libros que describen las situaciones más delicadas, las escenas más grotescas, las pasiones más ardientes, los delitos más imperdonables? — ¿Gastas dinero en la compra de estos libros? — ¿Te los haces prestar ocultamente por amigos traicioneros? — ¿Los prestas a tu vez, convirtiéndote así en tentador y en traicionero de los demás? — ¿No tienes siquiera en cuenta que la Iglesia los haya puesto en el Índice, condenándolos por medio de una institución que tiene ya una probada experiencia? — ¿Recurres al consejo del padre espiritual o de personas competentes, antes de proceder a lecturas dudosas, y te sometes a ellos?
Dios mío, cuántas veces he sido el más implacable enemigo de mi alma. ¡Cómo debo imputar mis caídas a mi imprudencia, a mi ignorancia, a mi temeridad! Compadéceme y perdóname. Con tu gracia quiero ser de ahora en adelante más sincero, cuando en el acto de contrición prometa no volver a pecar, y evitar las ocasiones próximas de pecado.
Sagrado Corazón de Jesús, que yo os ame y os haga amar.
7. Examen sobre los deberes conyugales
- ¿Amas a tu esposa? — ¿Has tomado como modelo el amor de Jesús a su Iglesia, como exige el sacramento del matrimonio que recibiste, y que os ha configurado, a ti y a tu esposa, a estos santísimos Esposos? — ¿Has meditado sobre las recomendaciones del Apóstol: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a su Iglesia” (Ef. 5 25)? — ¿Es tu amor como lo reclama a todos el mismo Apóstol: paciente, longánime, generoso, dispuesto a todo? — ¿O tal vez es pequeño, puntilloso, exigente, difícil de contentar, prepotente, insolente, litigioso, impulsivo, violento? — ¿Es tu casa un nido de paz, o un teatro de discordias? — ¿Sirve de edificación a parientes y amigos, o más bien de escándalo a todos? — ¿Has mantenido siempre el juramento hecho a tu esposa al pie del altar: “Tú, y tú sola”? — ¿No has buscado alguna vez fuera de tu casa afectos ilícitos, o peor aún, satisfacciones pecaminosas? — ¿Has rechazado siempre las seducciones del mundo? — ¿Te has mantenido siempre alejado de las lecturas, espectáculos, conversaciones, que pudieran disminuir en ti el amor del “casto connubio”? — ¿Te has aprovechado alguna vez de la indulgencia y tolerancia de que hace gala la sociedad moderna? — ¿Has sabido llamar a las cosas por su nombre, y has tenido horror al adulterio?
- ¿Has aspirado sinceramente al fin primario del matrimonio, que es la prole? — ¿Te has preocupado por la educación de los hijos? — ¿La has considerado tal vez como cosa de poca importancia y de ningún interés? — ¿Se la has dejado a tu esposa, como si la Providencia no la hubiera confiado a ambos? — ¿Le has consagrado sólo el tiempo perdido, los ratos sobrantes del trabajo y de los negocios? — ¿O más bien la has considerado como uno de los primeros y más graves deberes de un padre cristiano? — ¿Has pensado en dar o en procurar instrucción religiosa a tus hijos? — ¿Los has llevado a la iglesia? — ¿Te has preocupado por acercarlos cuanto antes a los sacramentos? — ¿Has elegido para ellos la escuela más segura? — ¿Les has inspirado costumbres de modestia y de pudor? — ¿Has vigilado sus compañías? — ¿Los has corregido amorosamente en sus faltas? — ¿Has espiado sus pasiones al primer despunte, y los has ayudado a reprimirlas? — ¿Has vigilado sus lecturas, sus diversiones? — ¿Los has resguardado de las peligrosas, acercándolos a las sanas? — ¿Los has aconsejado, enderezándolos al bien, pero al mismo tiempo respetando su libertad? — Al elegir estado de vida, ¿has hecho prevalecer tu voluntad sobre la de Dios? — ¿Se la has impuesto irracionalmente? — ¿Has sabido hacer generosamente el sacrificio de un hijo, si Dios te lo pedía para Sí? — En la elección de la profesión o de la esposa, ¿los has asistido, no por egoísmo, sino para su verdadero bien? — Aunque ya se hayan hecho grandes, y se hayan convertido a su vez en padres de familia, ¿los has seguido siempre con corazón paterno, poniendo a su disposición tus tesoros de experiencia? — ¿Has ahorrado para ellos? — ¿Has dispuesto de tus bienes por testamento, según la justicia, delante de Dios?
Dios mío, ¡cuántos remordimientos pesan sobre mi pobre corazón! Tal vez la mala suerte de mis hijos (¡Dios no lo quiera!) y su ruina eterna me sea imputada en el día del juicio. Oh, no esperes entonces a condenarme, sino más bien concédeme desde ahora el perdón, y dame la gracia de remediar en cuanto pueda el mal hecho.
Dulcísimo Jesús, sé mi Salvador y no mi Juez.
8. Examen sobre los deberes profesionales
- ¿Te das cuenta de la gran ley del trabajo? — ¿Cumples con tu parte dentro de la gran familia humana? — ¿Sabes dar algo a los demás, de los que tanto recibes? — ¿O tal vez dejas trabajar a los demás, mientras tú descansas, te diviertes y huelgas? — ¿Has tomado en serio tu trabajo profesional, o eres un diletante? — ¿Le brindas el tiempo necesario? — ¿Te impones sacrificios para cumplir con tus obligaciones? — ¿Soportas el cansancio y la incomodidad, que son su consecuencia?
- ¿Cómo trabajas? — ¿Piensas en tu responsabilidad ante Dios y ante los hombres? — ¿Piensas que de tu negligencia, de tu trabajo mal hecho pueden ocurrirle gravísimos daños a tus hermanos? — ¿Y si ello les causase la pérdida de bienes de fortuna, por no haber sabido administrarlos adecuadamente? — ¿Y si ello les causase la pérdida de la vida, porque no has sabido curar convenientemente a un enfermo? — ¿Lo has pensado? — ¿Estás al corriente de los últimos descubrimientos de la ciencia, de las últimas disposiciones de la ley, de las nuevas producciones literarias, de los modernos métodos de construcción y de industria, según la profesión que tengas? — ¿Estudias para acrecentar el tesoro de tus conocimientos en tu materia? — En los casos dudosos, ¿tienes la humildad de consultar con quien sabe más que tú? — ¿Cedes a sus consejos, o testarudamente haces tu voluntad, exponiendo al cliente y a ti mismo al riesgo de la ruina?
- ¿Eres discreto a la hora de exigir el salario? — ¿O tal vez eres desmedido y pretendes lo imposible? — ¿Sabes distinguir entre el rico y el pobre, el que puede dar de más y el que tiene poco para dar? — ¿Eres generoso con los pobres, persuadido de que, si lo haces por amor a Cristo, Él sabrá compensarte con esa largueza que le es propia? — A tu vez, ¿pagas como conviene a los que te ayudan y trabajan para ti? — ¿O exiges demasiado y das poco, todo para ti y nada para los demás?
- ¿Sabes sobrenaturalizar tu trabajo? — ¿Piensas solamente en las ganancias materiales o te preocupas de ganar para tu alma y para la eternidad? — ¿Te preocupas únicamente por agradar a los hombres, olvidando que, como cristiano, debes agradar sobre todo a Dios? — ¿Santificas tu trabajo con la oración, con el ofrecimiento diario a Dios? — ¿Le pides a Dios las luces y las gracias que te son necesarias para hacer bien lo que debes hacer? — ¿Te sirves de tu profesión como medio de apostolado, dirigiendo al cliente una palabra buena, dando un buen consejo, haciendo discretamente alguna exhortación, cuando se te presenta la ocasión para ello?
¡Dios mío, cuánto bien podría haber hecho en medio del mundo, solamente con atender a mi vida y a la de mi familia! Ahora, en cambio, me encuentro con una vida vacía de méritos y llena de pecados y de culpas. Perdóname, usa conmigo de misericordia. Y si, en tus amorosos designios, debo seguir viviendo de otros aquí, en la tierra, concédeme poder hacer en el futuro lo que no he sabido hacer en el pasado.
Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí.
9. Examen sobre el amor al prójimo
- ¿Qué ves realmente en tu prójimo? — ¿Sólo una masa de carne organizada, y te preocupas únicamente de observar si es complaciente? — ¿O ves más bien un alma, hecha a imagen de Dios, y con un destino eterno; un alma por la cual Dios ha sacrificado a su Unigénito, y por la cual el Unigénito encarnado se ha entregado a sí mismo como redención? — ¿Amas a las almas por amor a Dios y por amor a Jesucristo? — ¿Las amas porque están destinadas al cielo junto con la tuya, y deben ser tus compañeras en la misma bienaventuranza eterna? — ¿Las amas como a ti mismo? — ¿Es tu amor de orden natural, fundado en los sentidos, o es sobrenatural, inspirado en la fe?
- ¿Es universal tu amor al prójimo, y universales son los motivos que lo deben inspirar? — ¿Amas a todos sin excepción? — ¿No eres a veces un poco fariseo? — ¿No adoptas la regla farisaica condenada por el Maestro: “Amarás al amigo y odiarás al enemigo”? (Mt. 5 43) — ¿Tienes enemigos? — ¿Te los has hecho con tu mal carácter, o también sólo con tu fantasía? — ¿Los excluyes de tu corazón? — ¿Les has negado el perdón, el amor?
- ¿Observas las sencillas pero sublimes reglas de caridad cristiana: no hacer mal a nadie, hacer el bien a todos? — ¿Has hecho mal a alguien? — ¿Has perdido su estima con juicios y sospechas temerarias? — ¿No has dañado a nadie con tu lengua, murmurando o calumniando en público, tal vez disminuyendo, o directamente destruyendo la buena reputación de que gozaba tu hermano? — ¿No has hecho mal a nadie, lesionando a los demás en sus derechos, en sus haberes, en sus legítimas aspiraciones? — ¿No has hecho mal a nadie con tus ejemplos poco edificantes, tal vez con tus escándalos, aconsejando el mal a otros, enseñándoselo, incitándolos?
- ¿Has hecho el bien a todos? — ¿Rogando por todos y deseando a todos el bien que deseas para ti mismo? — ¿Tomando la defensa de tus hermanos, y justificándolos cuando te es posible? — ¿Ayudándolos en sus dificultades? — ¿Aconsejándolos en sus dudas? — ¿Sugiriéndoles el bien? — ¿Edificándolos con el buen ejemplo? — ¿Has hecho el bien a todos, practicando la limosna según tus posibilidades, acompañándola con alguna palabra de consuelo y exhortación? — ¿Estás inscrito en la Conferencias de San Vicente de Paul? — ¿Eres fiel en observar sus prácticas? — ¿Te prestas con facilidad para visitar a los enfermos en los hospitales públicos?
- ¿Eres apóstol? — ¿Perteneces a la Acción Católica o a alguna asociación de apostolado? — ¿Conservas su espíritu genuino, absteniéndote de la política, para ser sólo un centro difusor de la verdad católica y de las máximas evangélicas, según la enseñanza de la Santa Sede? — ¿Sabes conciliar los deberes de buen ciudadano y súbdito respetuoso de la autoridad constituida, con las exigencias de tu fe y de tu religión?
¡Dios mío, tendría que haber amado a mi prójimo como a mí mismo: y en vez de eso, me he amado a mí mismo con exclusión de los demás, como un miserable egoísta! Perdóname, divino Primogénito, y concédeme la gracia de comenzar una vida nueva, según tu mandamiento, que te es tan querido.
¡Jesús mío, misericordia!
10. Examen sobre el uso de la confesión
- ¿Amas el sacramento de la confesión? — ¿Entiendes su belleza, su utilidad no solamente en orden a purificar el alma de los pecados cometidos, sino también en orden a encontrar nuevas fuerzas para no volverlos a cometer? — ¿Tienes un confesor fijo? — ¿O tal vez tienes la pésima costumbre de andar desperdigando tus pecados un poco con todos? — ¿Hay algún sacerdote que te conozca en tu interior, al cual le dices todo, no solamente los pecados, sino también las tentaciones, las dificultades de tu vida espiritual, tus atractivos, tus esperanzas? — ¿Hay algún hombre piadoso que asuma la responsabilidad de tu alma, que te sepa reprender cuando lo mereces, consolar cuando estás afligido, aconsejar cuando tienes dudas? — ¿Con cuánta frecuencia te acercas al sacramento de la confesión? ¿A intervalos largos, llevando por tanto tiempo el veneno dentro tuyo, para tu gran daño? — ¿Te confiesas cada mes, o mejor cada quince días, o mejor aún cada domingo? ¿Por qué no lo harías? ¿Qué dificultad encuentras?
- ¿Cómo te confiesas? — ¿Pides luces y gracias al Espíritu Santo, ya que se trata de una acción eminentemente sobrenatural que, por lo tanto, no se puede cumplir con las solas fuerzas humanas? — ¿Preparas el examen de tu conciencia, para asegurar la integridad de tu acusación? — ¿O te arrojas a los pies del confesor sin haber pensado siquiera en lo que debes decir? — Al examinarte, ¿pones empeño en sacar a luz las cosas de importancia? — ¿O tal vez haces todo rápidamente, a la ligera, superficialmente, de modo a llegar a olvidar cosas relevantes? — ¿Te has dejado vencer alguna vez por la vergüenza? — ¿Has callado pecados graves, que recordados como tales, has silenciado por bochorno? — ¿Has cometido sacrilegio por tales cosas?
- ¿Tienes un sincero dolor por tus pecados? — ¿Meditas los motivos de contrición que te sugiere la fe, de modo que, aplicando el motor al móvil, tu voluntad se mueva a la contrición? — Al menos, ¿prestas atención al valor de las palabras de la fórmula que te propone el catecismo y los manuales de piedad? — ¿La rezas sólo mecánicamente, o la acompañas con un íntimo sentimiento? — ¿Te contentas sólo con la atrición, pensando en el castigo, o te esfuerzas por alcanzar la contrición perfecta, para aumentar cuanto se puede el fruto de tu confesión?
- ¿Tu dolor se completa con un verdadero propósito de enmienda? — ¿Estás decidido a no volver a pecar más? — ¿Qué medios intentas adoptar? — ¿Qué precauciones tomarás? — ¿Estás decidido a huir de las ocasiones de pecado en lo que de ti dependa? — ¿Transformarás en remotas las que sean próximas, necesarias e inevitables? — ¿Odias las transacciones y los compromisos? — ¿Odias las dilaciones y los aplazamientos?
- ¿Aceptas con humildad y agradecimiento la penitencia que el confesor te impone? — ¿La cumples prontamente? — ¿O la dilatas de hora en hora, de día en día, hasta que la olvidas, y el sacramento queda incompleto? — ¿Sabes y piensas que la penitencia sacramental no basta para satisfacer plenamente tu deuda con la divina justicia? — ¿Recuerdas que te incumbe la penitencia espontánea por una parte de pena temporal, que queda insatisfecha? — ¿Haces penitencia por tus pecados? — ¿Cuándo y cómo? — Tal vez, después de tantas faltas, ¡ni siquiera has comenzado semejante penitencia! ¿Es así? — ¿Al menos te vales de las indulgencias que la Iglesia brinda con tanta largueza? — ¿Las ganas? — ¿Las aplicas a tu alma?
¡Dios mío, cómo estropeo todo aquello en que pongo mi mano! Este sacramento tan bello y tan fecundo en frutos, tal vez se ha transformado por mi culpa en ocasión de innumerables faltas; espero al menos que no se haya convertido también en ocasión de sacrilegio, si me hubiese allegado a él indignamente. Señor, perdóname, y concédeme la gracia de remediarlo, si es preciso con una buena confesión extraordinaria o general.
11. Examen sobre la piedad eucarística
- ¿Creo en el misterio eucarístico? — ¿Estoy íntimamente persuadido que bajo las apariencias de pan y vino está realmente presente el Hijo de Dios y el Hijo de María, Jesús, que murió en la Cruz por mi salvación, y que, resucitado, vive en el cielo a la diestra del Padre? — Y si lo creo sinceramente, ¿qué respeto tengo por la iglesia, que es la casa de la Eucaristía? — ¿Qué silencio guardo en ese santo lugar? — ¿Qué compostura? — ¿Qué recogimiento? — ¿O voy a la iglesia como si fuera al teatro; hablo y río, como en un encuentro público? — ¿Desdeño acaso el ponerme de rodillas delante de la majestad de Dios, que por mí dignó anonadarse?
- ¿Amo la santa Misa? — ¿La escucho siempre en los días de guardar? — ¿No encuentro fácilmente pretextos para dispensarme de ella? — Lo que no me impediría divertirme, ¿es tal vez razón suficiente para disculparme de la Misa? — Teniendo la posibilidad, ¿la oigo alguna vez en los días feriados, o al menos en algunos días de mayor devoción, como por ejemplo en los primeros viernes de mes? — ¿Y cómo asisto a ella? — ¿Desganado, distraído, fastidiado? — ¿O uniéndome al sacerdote, que es mi representante: y más aún a la divina Víctima, que se sacrifica por mí? — ¿Sigo la liturgia? — ¿Excito en mí el sentimiento de adoración, de agradecimiento, de impetración, de satisfacción, según los fines del sacrificio? — ¿Leo mi misal, para acompañar al sacerdote? — ¿He leído algún libro donde se expliquen estos sublimes misterios?
- ¿Recibo la sagrada Comunión? — ¿Tengo verdadero hambre de ese Pan divino? — ¿O me contento con comerlo una vez al año? — ¿Deseo recibirlo incluso cada día, como hacen tantos fieles edificantes? — ¿Y cómo lo recibo? — ¿Tengo la pureza de corazón requerida? — Y en caso de no tenerla, ¿la busco por medio del sacramento de penitencia? — ¿Avivo mi fe, me anonado en la humildad, renuevo el deseo de Jesús, enciendo en mi corazón la llama del amor? — Después de comulgar, ¿me entretengo con el divino Huésped para adorarlo y darle gracias? — ¿Me pongo de corazón a corazón con Él? — ¿Aprovecho estos momentos preciosísimos para pedirle gracias por mí y por las personas que me son queridas?
- ¿Hago la visita diaria al Santísimo Sacramento? — ¿Siento la invitación de Dios desde el Sagrario: “El Maestro está aquí y te llama”? (Jn. 11 28) — ¿Le correspondo? — Si me encuentro con un amigo, lo detengo gustoso para conversar con él; ¿me detengo con Jesús, el mayor de los amigos, cuando encuentro sus iglesias? — ¿Entro para saludarlo, para gozar de su compañía? — ¿Le hablo de Él y de sus intereses? — ¿Le hablo de mí y de las necesidades de mi alma? — ¿Le hablo de las almas que me son queridas, de las personas que me han encomendado a mis oraciones? — ¿Le pido su bendición, anticipo de la que me dará, como lo espero, cuando me introduzca en el cielo?
Dios mío, deseo tenerte en mis últimos momentos como viático para la eternidad, y como prenda de la futura gloria; pero necesito que ahora Tú me perdones todas mis indiferencias pasadas, y fortalezcas en mí la verdadera piedad eucarística.
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar! ¡Por siempre sea alabado!
12. Examen sobre las devociones del cristiano
- ¿Tienes devoción al Sagrado Corazón de Jesús? — ¿Crees que desde el primer momento en que ese Corazón fue creado, animado, unido en unidad de persona al Verbo de Dios, comenzó a amarte, y no ha dejado de hacerlo jamás? — ¿Sabes que ha llevado el amor por ti hasta los últimos excesos? — ¿Sabes que por ti murió; por ti instituyó la divina Eucaristía, en la que se inmola cada día, para darte cada día nuevas pruebas de amor? — ¿Lo crees? — ¿Lo piensas? — ¿Conoces la queja que Él confió a santa Margarita María de Alacoque? — ¿Serás también tú uno de los que hacen sufrir a este Corazón amante, con tus indiferencias, con tus frialdades, con tus ingratitudes? — ¿Sabes lo que le ha pedido a la santa confidente? — ¿Secundas sus deseos? — ¿Tienes en tu casa, en tu habitación, una imagen del Sagrado Corazón? — ¿Te has consagrado junto con tu familia a este Corazón divino? — ¿Vives tu consagración? — ¿Te unes a Él a menudo en espíritu de reparación? — ¿Haces cada año los nueve primeros viernes del mes consecutivos en su honor, acercándote a la Comunión? — Si no por una hora entera, al menos por un breve tiempo, ¿te detienes ante el Sagrario al atardecer, entre el jueves y el viernes? — ¿Conoces el “Apostolado de la oración”, que es una liga creada en su honor? — ¿Formas parte de él? — ¿Eres fiel a sus compromisos?
- ¿Tienes devoción a María Santísima? — ¿Conoces a María, la excelsa Madre de Dios? — ¿Conoces sus privilegios, sus bellezas, sus grandezas? — ¿Has recogido estos conocimientos a partir del Evangelio, de los libros piadosos? — ¿Los has hecho objeto de tus meditaciones? — ¿Piensas que Jesús, al morir, te la ha dado por Madre? — ¿La has aceptado como tal? — ¿La consideras como tu verdadera Madre? — ¿Tienes por Ella un afecto filial? — ¿Confías en Ella? — ¿Te abandonas a Ella? — ¿Qué haces para demostrarle tu amor? — ¿Rezas a la mañana, al mediodía y a la tarde el Angelus? — ¿Rezas cada día el Rosario? — ¿Fijas a menudo tu mirada en su imagen, y la saludas con alguna jaculatoria? — Si pasas delante de algún santuario erigido en su nombre, ¿entras para honrarla? — ¿Te preparas para sus muchas fiestas, escalonadas en el año litúrgico? — ¿Perteneces a alguna Congregación Mariana, orgulloso de militar bajo su estandarte?
- ¿Tienes devoción a tu Ángel Custodio? — ¿Piensas en el gran beneficio que te ha concedido Dios, poniéndolo a tus lados, para que se haga cargo de ti? — ¿Lo honras y lo veneras? — Cuando te asalta el deseo de hacer el mal, ¿te detiene el pensamiento de su presencia? — Cuando eres tentado, ¿invocas su ayuda? — Cuando te asaltan las dudas, ¿recurres a su consejo? — ¿Tienes familiaridad con él? — ¿Eres dócil a sus inspiraciones y a sus directivas? — ¿Piensas en el Ángel custodio de tus prójimos, de tus padres, de tus hermanos, de tus amigos? — ¿Les ruegas? — ¿Les confías tus pedidos por sus almas?
- ¿Tienes devoción a San Luis Gonzaga, patrono de los castos, tipo y modelo de la pureza angelical? — ¿Le has confiado tu virtud? — ¿Lo invocas en los peligros, en las tentaciones? — ¿Qué has hecho para ganarte su benevolencia y su protección? — ¿Has leído su vida? — ¿Haces a veces algún triduo en su honor? — ¿Le dedicas a menudo tus oraciones?
¡Dios mío, qué seguros refugios me has preparado en esta peligrosa y difícil peregrinación terrena: qué poderosas ayudas me has concedido, qué intercesores eficacísimos! Ojalá hubiese sabido aprovecharme de ellos. Soy inexcusable por mis negligencias, y me reconozco culpable. Señor, perdóname, y concédeme la gracia de valerme de ellos, de ahora en adelante, para hacer más fácil mi viaje y asegurar mi llegada a la meta final.
Acto de dolor
Dios mío, me arrepiento y me duelo de todo corazón de mis pecados, porque pecando he merecido vuestro castigo, y mucho más porque os he ofendido a Vos, que sois infinitamente digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo con vuestra santa ayuda no ofenderos más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado.
Señor, misericordia. Perdonadme.

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