¡Oh Virgen y Madre Santísima!, cuya alma atravesó la espada de dolor en la pasión de vuestro divino Hijo, y que en su gloriosa resurrección recibisteis una alegría perenne del que triunfaba; alcanzadnos a los que os suplicamos de tal manera asociarnos a las adversidades de la Santa Iglesia y a los dolores del Sumo Pontífice, para que juntamente con ellos merezcamos también alegrarnos de tan deseadas consolaciones en la caridad y paz del mismo Cristo Señor nuestro. Amén.

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