Permitid, Jesús mío, que adore las llagas de vuestras manos y pies, y haced que la sangre preciosa que de ellas mana, cayendo sobre mí, me comunique la santidad y me preserve del pecado.
Dejadme, también, contemplar la llaga de vuestro costado como la puerta de mi salvación; y puesto que por mí se abre vuestro Corazón, permitid que penetre en este santuario de caridad, permanezca en él todos los días de mi vida, y os ame eternamente.
Llagas sagradas, prendas del amor infinito de mi Dios, sois otras tantas bocas que para mí pedís misericordia y otros tantos puros manantiales donde puedo lavarme de todas mis manchas. Amén.

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