Señor Jesucristo, esposo de mi alma, delicia de mi corazón, más bien corazón mío y alma mía. Ante Ti me postro de rodillas, rogando y suplicando con todo mi fervor me concedas la gracia de conservar, con firmeza, la fe que me has dado de manera solemne.
Concédeme, dulcísimo Jesús, rechazar toda impiedad, ser siempre ajeno a los deseos carnales y a las concupiscencias terrenas, que combaten contra el alma y, con tu auxilio, guardar íntegra la virtud de la castidad.
¡Oh Santísima e Inmaculada Virgen María!, Virgen de las vírgenes y Madre nuestra amadísima, purifica cada día mi corazón y mi alma; alcánzame el santo temor de Dios y una desconfianza constante en mis propias fuerzas.
Castísimo San José, custodio de la virginidad de María, custodia mi alma de cada pecado.
Santas Vírgenes, que siguen al Cordero divino por doquier, sean siempre presurosas en socorrerme a mí, pobre pecador, para que no caiga en pensamientos, palabras ni obras, y jamás me aparte del castísimo Corazón de Jesús. Amén.

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