¡Divino Salvador mío, a qué estado fuisteis reducido cuando, por amor de las almas, os dejasteis atar a la columna! ¡Ah! ¡Cómo se ha realizado ahora la palabra del Profeta que dijo de Vos que desde la cabeza hasta los pies quedaríais hecho todo una llaga, tanto que no erais reconocible! ¡Qué vergüenza sufristeis cuando os arrancaron vuestros vestidos! ¡Qué escarnio sufristeis bajo la tempestad de innumerables golpes, y cómo fluyó a torrentes vuestra preciosa Sangre por las venas desgarradas! Sé bien que lo que os flageló no fue tanto la injusticia del presidente romano y la crueldad de los soldados, cuanto lo fueron mis culpas. ¡Oh funestos pecados que os costaron tanta pena! ¡Oh dureza de mi corazón! A pesar de tanto sufrimiento vuestro por mí, he continuado ofendiéndoos. Mas, de hoy en adelante no será así. Unido para siempre a Vos con vínculos de fidelidad, sin que me baste la vida, buscaré la satisfacción de vuestra justicia ofendida. Por los dolores que sufristeis atado a la columna, por los azotes que abrieron surcos en las inocentes carnes, por la Sangre que derramasteis copiosamente, tened piedad de esta alma desventurada, librada ahora y siempre de los lazos del tentador y llegada al término del destierro, conducida al Cielo. Amén.

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