¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a Vos con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que os inmoláis por mi amor, deposito todo mi ser: mi cuerpo que respetaré como el templo en que Vos habitáis; mi alma que cultivaré como el jardín en que Vos os recreáis; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de vuestra gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de vuestra protección; mis pasiones, que se someterán al freno de vuestros mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos.
Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo vuestro, así como Vos, ¡oh Corazón divino!, habéis querido ser siempre todo mío. Vuestro todo, vuestro siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo os serviré por los que os ofenden; pensaré en Vos por los que os olvidan; os amaré por los que os odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que os blasfeman sin conoceros.
Vos, que penetráis los corazones, y sabéis la sinceridad de mi deseo, comunicadme aquella gracia que hace al débil omnipotente, dadme el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y ceñidme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén.

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