Aprobado por decreto de la Congregación de Ritos del 22 de abril de 1875.
¡Oh Jesús, Redentor y Dios mío! el grande amor que tenéis a los hombres os llevó hasta el extremo de derramar por ellos vuestra Sangre preciosísima y, en cambio, ellos no sólo rehúsan corresponder a tanto amor, sino que os ofenden, os ultrajan, blasfeman vuestro santo Nombre y profanan los días consagrados a vuestro culto. ¡Que no pueda yo, Corazón divino, desagraviaros y reparar la ingratitud de que se hacen culpables la mayor parte de los hombres!
Quisiera, Señor, probaros con mis obras cuánto deseo honrar vuestro adorable Corazón, corresponder a su amor inmenso con un amor generoso y puro y aumentar vuestra gloria en cuanto de mí dependiere.
Deseo vivamente alcanzar la conversión de los pecadores y poner remedio a la indiferencia de tantos cristianos que, no apreciando en lo que vale la dicha de pertenecer al gremio de vuestra Iglesia y de gozar de los privilegios de hijos suyos, descuidan sus intereses y los de vuestra gloria. ¡Ojalá me fuera dado sacar de su error a tantos católicos que, si por un lado hacen obras exteriores de caridad, por otro se empeñan en sostener sus opiniones, se resisten a someterse a las decisiones de la Santa Sede y alimentan sentimientos poco conformes a sus enseñanzas! ¡Acaben de comprender, Señor, que aquel que no oye a la Iglesia, tampoco oye a Dios que está con ella!
Para alcanzar estos fines tan santos, para conseguir el triunfo y tranquilidad estable de la Iglesia, vuestra esposa inmaculada, el bienestar y prosperidad de vuestro Vicario en la tierra, el cumplimiento de sus deseos e intenciones, la santificación y perfección del clero, la realización de vuestros designios, Jesús mío, la plena satisfacción de vuestra voluntad divina, la conversión de los pecadores, el adelanto en santidad de los justos, la salvación de nuestras almas y, por último, para honrar vuestro amabilísimo Corazón, vednos aquí postrados a vuestros pies. En vuestra presencia, Señor, en la de la santísima Virgen María y de toda la corte celestial, reconozco y confieso solemnemente que con toda justicia y por reconocimiento os pertenezco absolutamente, Jesús mío, Redentor mío, fuente de toda felicidad espiritual y temporal; y uniéndome a las intenciones del sumo Pontífice, consagro mi persona y todo lo que me pertenece a vuestro sagrado Corazón, y me comprometo a amarle y a servirle con toda mi alma, con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, haciendo mía vuestra voluntad y uniendo todos mis deseos a los vuestros.
Y para dar un público testimonio de la sinceridad que acompaña esta consagración, declaro solemnemente, Dios mío, que quiero en adelante honrar vuestro Corazón divino santificando las fiestas de precepto, como lo manda nuestra santa madre la Iglesia, y haciendo que también lo hagan todos aquellos sobre quienes tenga autoridad.
Estos santos deseos y las resoluciones que vuestra divina gracia me ha inspirado, los pongo, Jesús mío, en vuestro adorable Corazón, con la esperanza de poder reparar, en parte, las injurias que recibís de los hombres, y encontrar, para mí y para mis prójimos, la felicidad en esta vida y en la otra. Amén.

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