Domingo 1 de noviembre de 2026 · Fiesta de todos los SantosFacebookInstagramContacto

Ejercicio para la Confesión

Aprende desde tu niñez a servir a Dios y al serle fiel; sus brazos están abiertos para recibirte. Él es tu Padre, pero, con todo, teme abusar de sus dones. Si has conservado la gracia, demuéstrale tu fervoroso agradecimiento; mas si malos consejos, malos ejemplos y malas inclinaciones te han hecho caer en pecado, vuelve de nuevo a Él. Confiésale tus miserias, y con tu arrepentimiento, con tus oraciones, hazte digno de recibir el perdón y de sentarte a su mesa.

Si muchas personas dejan de sacar fruto de la confesión, es porque no llevan a la recepción de este sacramento las disposiciones necesarias: las unas no examinan su conciencia; las otras no tienen dolor de lo pasado, ni firme propósito de la enmienda para en adelante, y no faltan algunas que se atreven a ocultar sus pecados al confesor. ¡Desventurados, que hallan la muerte donde debieran encontrar la vida! A fin de evitar tal desgracia, confórmate a lo prescrito respecto del examen, la contrición, la acusación de los pecados, etc.

Examen de conciencia

Para poder examinarte bien, retírate a un lugar apartado, y puesto en la presencia de Dios, adórale, imaginándote que la confesión que vas a hacer es la última de tu vida, y pide al Espíritu Santo que te haga conocer tus pecados y te descubra toda tu malicia.

Elige un examen acorde a tus necesidades (para quienes se confiesan a lo menos una vez al mes, para quienes quieren hacer una confesión general, etc.).

Oración para antes del examen

Espíritu de luz y de verdad, que sondeáis las conciencias y penetráis hasta el fondo de los corazones, iluminadme con la antorcha de vuestra divina claridad, a fin de que vea el número y la fealdad de mis pecados. Dadme a conocer el mal que he hecho y el bien que he dejado de hacer, y mostrádmelo de aquella manera con que lo he de ver cuando parezca ante el tribunal de la Justicia Suprema.

¡Jesús mío!, que tan vivo dolor sentisteis de mis ingratitudes, y que con lágrimas y gemidos pedisteis perdón de todas ellas, permitid que, en espíritu, os acompañe al huerto de los Olivos, y comunicadme aquellos sentimientos que os llenaron de tan mortal tristeza.

Virgen Santa, seguro refugio de pecadores, Ángel de mi Guarda, santo Patrón mío, interceded por mí, con el Espíritu Santo, a fin de que conozca todo lo que en mí contrista al Corazón de mi Dios.

Examínate según la luz que el Señor te diere; y si después de haberte examinado, tuvieses algún motivo razonable para temer no haber recordado vuestras faltas, sírvete del siguiente examen. Evita entretanto dos extremos opuestos y casi igualmente peligrosos: 1.°, el de contar de tal manera con las preguntas que esperas te ha de hacer el sacerdote, que te examines superficialmente; 2.°, el de creer no haber hecho jamás un examen suficiente, volviendo por esta razón a examinar una y otra vez la conciencia, y ocupándote, en consecuencia, muy ligeramente en la contrición, parte principal del sacramento. Aleja, pues, ese temor, injurioso a un Dios que en sus criaturas busca una confianza filial y cuyo espíritu es espíritu de amor, y no de temor servil.

De la contrición y propósito de la enmienda

Después de haber examinado la conciencia, es de absoluta necesidad excitaros a la contrición, es decir, al vivo y sincero dolor o pesar de haber ofendido a Dios, prometiéndole no volver ya a ofenderle en adelante. Sin esto, las mismas lágrimas que pudieran arrancaros las exhortaciones más tiernas, no os servirían de nada; mas no olvidéis que siendo la contrición un don de Dios, es preciso pedírselo con instancia.

Oración para pedir a Dios la contrición

Dios mío, vuestros ojos, siempre abiertos sobre mí, han visto todo lo que hay de criminal e imperfecto en mis obras, y vuestra luz me ha hecho ver la profundidad de mis llagas. Ablandad la dureza de mi corazón con el soplo de vuestro Espíritu, y haced brotar de él lágrimas de compunción; sólo a Vos es dado cambiar las rocas del desierto en fuentes de agua viva. Séame permitido mezclar mis lágrimas con la sangre que vuestro Hijo Jesús derramó por mí en la cruz. Haced que os ame mucho, para merecer que me perdonéis mis muchos pecados; tal es la gracia que encarecidamente os pido, postrado a vuestros pies; dignaos concedérmela por los méritos de Jesucristo, por la intercesión de María, de mi ángel custodio, y de todos mis santos protectores.

Después de haber pedido a Dios la contrición, procurad excitarla en vuestro corazón, y para mejor conseguirlo, leed los motivos siguientes, penetrándoos de los sentimientos que en ellos se expresan.

Motivos de contrición

¡Oh terrible justicia de Dios omnipotente!, os contemplo, poseído de un religioso temor. ¡El hombre culpable de un solo pecado mortal, se ve privado de todos los bienes espirituales y expuesto a padecer todos los males!

  1. El pecado mortal me priva de la vida de la gracia. ¡Oh gracia santificante, principio de la vida sobrenatural para el justo!, ¿con que no estás ya en mí desde que pequé mortalmente? Vida de la gracia, vida más preciosa que todos los bienes de la tierra ¿te habré, pues, perdido para siempre? ¡Oh muerte funesta del alma!, ¿hasta cuándo estaré envuelto en tus tinieblas y prendido en tus redes?

    El pecado mortal me priva de la amistad de Dios. Los lazos que me unían a Él están rotos; ya no soy el hijo querido de su corazón, y el objeto de sus complacencias; ya no soy su templo y su santuario ¡Dios mío!, ¿por ventura me habéis arrojado para siempre del seno de vuestra clemencia? Jesús, hijo de David, tened piedad de mí, usad conmigo de misericordia.

    El pecado mortal me priva de mis derechos a la gloria. ¡Si muero, pues, en pecado mortal, no serás tú, cielo hermoso, el lugar de mi morada! ¡Día único de la eternidad, nunca jamás brillarás, pues, para mí! ¡Patria mía celestial, me he de ver para siempre desterrado lejos de ti! ¡María, tierna madre mía, no habré de contemplar vuestra gloria, ni gozar de los encantos de vuestra presencia! ¡Dios de mi corazón, objeto digno de todo amor, hermosura siempre antigua y siempre nueva, no os he de ver, pues, cara a cara! ¡Ay!, sólo el justo gozará de tantos bienes. ¡Oh pecado!, ¡cuán terribles son tus efectos, cuán amargas y funestas tus consecuencias!
  2. El pecado mortal acumula sobre el culpable todos los males de la vida presente. La ignorancia, la concupiscencia, los desvaríos de la imaginación, el desorden de los sentidos, la miserias de la vida, las enfermedades, la muerte inevitable, he aquí otros tantos males que tienen por origen el pecado. Temblores de tierra, pestes, guerras, hambres, consecuencias son del pecado. Tristeza, celos, envidias, temores, pesares, aflicciones, no tienen otro principio que el pecado. ¡Oh! ¡Si al menos pudieran todos estos males reparar el pecado! Mas no; para expiarlo fue preciso que el Hijo de Dios se humillara y anonadara. Sólo las humillaciones de un Dios podían reparar el ultraje hecho a la majestad del mismo Dios. ¿Me admiraré, después de esto, de que Dios castigue el pecado en la otra vida?

    El pecado mortal acumula sobre el pecador todos los males de la eternidad, abriendo bajo sus pies el abismo del infierno. Heme aquí, a la entrada del lugar donde la divina justicia ejerce sus venganzas. ¡Oh sorpresa!, ¡oh espanto!, mis sentidos quedan yertos al querer penetrar en aquellos lugares, donde están encerrados los réprobos. ¡Qué espectáculo se presenta a mi imaginación horrorizada! ¿Qué es lo que veo? Veo un fuego que el soplo del Eterno encendió en su ira, y víctimas que se abrasan sin consumirse. La confusión y fealdad del pecado los persiguen, cual espectros, por todas partes, y añaden nuevos tormentos a los padecimientos, ya muy crueles, que están padeciendo. Por todas partes, una noche eterna, abismos sin fondo, llantos, gemidos, suspiros y rechinar de dientes. Mas, ¿qué oigo? Gritos de rabia y desesperación, todas las imprecaciones de la blasfemia, del odio y de la venganza. Ahora bien: yo me encuentro al borde de este abismo ¡y, sin embargo, duermo tranquilo en medio de los placeres! ¡Oh sueño funesto! ¡Oh visión terrible! ¡Despertarse en medio de llamas devoradoras, habitar en los ardores del fuego eterno! ¡Gran Dios, cuán terribles son vuestros juicios! Y ¿quién, horrendo pecado, quién a tu vista no temblará de espanto? ¿Quién no huirá hasta de tu sombra? ¡Pérfidos placeres, que no acarreáis a quien se os entrega sino dolores eternos!

Dios mío, si vuestra divina clemencia no me hubiera detenido al borde del abismo, mi alma habitaría ya en él en estos momentos; mas un rayo de esperanza viene a brillar todavía sobre mí: no, no me dejaréis perecer. Gracias a vuestra bondad, aun puedo haceros oír los gemidos y clamores de mi corazón. Acordaos, Señor, de vuestra misericordia, y decidme: ¿qué queréis que haga? ¿Detestar mis pecados? Los aborrezco. ¿Confesarlos a vuestro ministro? Iré a arrojarme a sus pies y se los declararé con toda sinceridad. ¿Evitar las ocasiones peligrosas? Desde este momento las voy a cortar. ¿Sujetarme a la penitencia? Lo acepto de todo mi corazón; y aunque fuese preciso sacrificar mi vida, la inmolaría de buena gana, teniéndome por muy dichoso en poder a este precio satisfacer a vuestra justicia, y rescatar mi alma del infierno.

Haced después de esto, los actos de dolor y propósito siguientes, y no os contentéis con pronunciarlos de boca; penetrad bien vuestro corazón de estos sentimientos, y añadid a ellos lo que la gracia os sugiera.

Acto de dolor

Muévaos, Dios mío, el dolor de mi corazón sinceramente arrepentido de sus faltas. ¡Oh! ¡si la viveza de mi pesar pudiera igualar a la grandeza de mis pecados! Mas, ya que esto no me sea dado, suplid mi dolor; Salvador mío, agonizante en el huerto de los Olivos, derramad en mi corazón una gota de aquella amargura de que entonces quedó inundada vuestra alma santísima.

Perdón, Dios mío, perdón de todos los pecados que he cometido y hecho cometer. Perdón de todo el bien que he dejado de hacer, o que he hecho mal; perdón de todas las faltas que conozco y de todas las que no alcanzo a conocer. Yo las detesto de todo corazón, y quisiera reparar, a costa de lo que más amo, la osadía de haberos ofendido.

Acto de propósito de la enmienda

Asimismo, Dios mío, estoy resuelto a sacrificar cualquier cosa antes que volver a ofenderos. ¡Qué! ¿Porque sois bueno y no ponéis límites a vuestras misericordias, podría yo abusar de vuestros beneficios y renovar mis infidelidades? ¡Oh! No, no sucederá tal: Vos sois testigo, Dios de mi vida, de la firmeza con que estoy resuelto a huir del pecado, a evitar las ocasiones, a trabajar eficazmente en destruir tal costumbre [especificar delante de Dios los pecados de que se deba corregir].

Sí, Dios mío, estoy dispuesto a morir antes que faltar a la resolución que he tomado, de serviros con inviolable fidelidad. Mis pasiones se rebelarán todavía, y trabajo me ha de costar el reprimirlas; pero no importa: con la ayuda de vuestra gracia cumpliré fielmente la promesa que hago a vuestros pies. Ya no más pensamientos, ni palabras, ni acciones contrarias a la caridad o a la modestia; no más impaciencias ni movimientos de cólera; no más irreverencias en el lugar santo, ni tibieza en vuestro servicio, ni omisiones en mis deberes; no más apego a mis ideas, a mi sentir, a mi voluntad. Antes morir, Dios mío, que volver a ofenderos.

De la acusación de los pecados

De nada serviría el haber hecho examen de conciencia ni haberse excitado a dolor, tomando además la firme resolución de no volver a pecar, si en la acusación se viniese a ocultar al confesor algún pecado mortal. Quien tal hiciere, al recibir la absolución cometería un sacrilegio.

¿No veis, dice san Francisco de Sales, que vuestros pecados, mientras están en vuestra alma, son otras tantas espinas que os punzan; al paso que cuando os libráis de ellos por medio de una sincera acusación, se convierten en rosas y perfumes? Cuando la lengua calla, dice san Agustín, el corazón gime terriblemente, y el único medio de tranquilizarlo es confesar humildemente sus faltas. Mientras las negras nubes, suspendidas sobre nuestras cabezas, encierran en su seno el granizo y la tempestad, son el espanto de la naturaleza; mas tan pronto como han lanzado a la tierra estos funestos azotes, quedan penetradas de los rayos del sol y vienen a ser el ornamento del cielo. Del mismo modo, cuando una conciencia, antes inquieta y turbada, ha depuesto a los pies del sacerdote sus antiguas y nuevas iniquidades, desembarazada del peso que la oprimía, llega a ser objeto de la ternura del Señor, y recobra la paz que había perdido.

Oración para pedir a Dios la gracia de perder la vergüenza de confesar los pecados

Divino Jesús, que quisisteis pasar por pecador y padecer como si hubieseis sido culpable, libradme de aquella vergüenza que a veces impide a los penitentes confesar todos sus pecados, y no permitáis que me deje llevar de ella al acusarme de los míos. Ya lo sé, Dios mío, sois Vos Aquél a quien hablo en la persona del sacerdote; ¿cómo podría dejar de declararos lo que sabéis de antemano, puesto que conocéis el fondo de los corazones, y nada se os oculta de lo que pasa en el mío? ¿Querría exponerme, con ocultar algún pecado, a hacer una confesión sacrílega? ¡Dios mío!, preservadme de tal desgracia; dadme bastante sencillez y sinceridad para descubrir al confesor todas las llagas de mi alma, y declararle el número y calidad de mis pecados, con las circunstancias que cambian su especie o agravan su malicia, sin disimular, encubrir, ni disminuir cosa alguna, a fin de que, llevando al sacramento de la Penitencia las disposiciones necesarias, merezca recibir el perdón de todas mis faltas. Amén.

Modo de confesarse

Id a la iglesia con el mayor recogimiento, y postrado a los pies del confesor, rezadle las oraciones que sean de vuestro agrado y más convengan a un acto tan importante; o más bien, meditad algunos instantes sobre lo mucho que le ha costado el mereceros la gracia del perdón de vuestros pecados. Renovad el examen, no penséis sino en lo que vais a hacer, y manteneos en los sentimientos de la más viva compunción. No os acerquéis demasiado al confesonario, y si, a pesar de esta precaución, llegaseis a oír alguna cosa de la confesión de otra persona, no olvidéis que estáis obligados al secreto más inviolable.

Poneos en el confesionario con la modestia y recogimiento que tendríais si Jesucristo se mostrara visiblemente en lugar del sacerdote; y después de juntar humildemente las manos, haced la señal de la cruz, inclinaos y pedid la bendición del sacerdote, diciéndole: Bendecidme, padre, porque he pecado, y responded Amén cuando os haya bendecido. En seguida diréis: Yo pecador me confieso a Dios… y a vos, padre, que pequé gravemente con el pensamiento, palabra, obra y omisión. Después de esto, sin aguardar a que el confesor os pregunte, decid cuánto tiempo hace que no os hubiereis confesado; si cumplisteis la penitencia que se os impuso; si recibisteis la absolución la última vez que os confesasteis; si os acordáis de haber dejado sin confesar, por olvido, algunas faltas en las confesiones anteriores. Después de esto, comenzad vuestras acusaciones con estas palabras: Acusóme, padre, de haber… y dad principio a la confesión con la manifestación de la faltas que más rubor o repugnancia os causen; tened gran cuidado de no dejaros vencer de una mala vergüenza. Declarad el número de vuestros pecados mortales, y cuando no lo pudieseis fijar, decidlo poco más o menos, indicando, al mismo tiempo, las circunstancias que pudieran hacer el pecado más grave o de distinta especie. Si se os ofrece alguna duda acerca de si tal o cual cosa o acción será pecado, comunicadla al confesor para que os instruya; dadle a conocer también los pecados de hábito o costumbre, y distinguidlos de aquellos que cometéis rara vez. Después de haber declarado todos los pecados, y respondido sencillamente a las preguntas que el confesor juzgare conveniente haceros, acabad la confesión diciendo con un espíritu humillado y un corazón contrito: Me acuso de todos mis pecados, aun de los que no me acuerdo, así como de todos los de mi vida pasada, sobre todo de aquellos de que tengo más horror y dolor, y en particular de tal o tales… De todo pido a Dios perdón, y a vos, padre, penitencia y absolución; e inclinándoos humildemente, acabad de rezar el Confiteor Deo y someteos con docilidad a los avisos y a la penitencia que se os dieren. Mientras el confesor os está exhortando, evitad con cuidado todo otro pensamiento, aun el de traer a la memoria los pecados de que temieseis haberos olvidado.

Si el confesor juzga conveniente daros la absolución, recibidla con humildad, haciendo al mismo tiempo un acto de contrición. Si vuestros ojos se niegan a derramar lágrimas al pensar en los pecados que han hecho derramar la sangre de todo un Dios, pártase al menos vuestro corazón de dolor y quede penetrado de horror al pecado.

Los preámbulos arriba indicados no son todos tan necesarios que no puedan omitirse o variarse. Así, pues, en lugar de poneros en el confesonario, pedir la bendición y decir la mitad del Confiteor Deo, dejando la otra mitad para después de la acusación, podéis también comenzar por santiguaros y decir todo el Confiteor Deo o Yo pecador, mientras el que se estaba confesando dice el acto de contrición y recibe la absolución.

De la gracia de la absolución

Cuando recibimos la absolución, Jesucristo nos lava con su sangre, quedamos cubiertos con la vestidura nupcial que nos da acceso a las bodas del Cordero, ciérranse las puertas del infierno, abierto a nuestros pies, y se nos reserva un lugar en el cielo. Recibamos, pues, esta gracia con respeto, confianza y amor, y tengamos cuidado de conservarla y aprovecharnos de ella para no volver a caer y para adelantar en el camino de la virtud.

Al salir del tribunal de la penitencia, retiraos aparte para meditar los beneficios que acabáis de recibir, y dar a Dios las más vivas acciones de gracias, pudiendo serviros al efecto de las siguientes oraciones:

Oración para después de haber recibido la absolución

¡Dios mío! ¿puedo persuadirme de que, siendo poco ha criminal, me encuentro ya purificado de todos mis pecados por la gracia del sacramento que acabo de recibir? Sí, Señor, sí, yo acabo de ser absuelto, y esta sentencia de misericordia me devuelve vuestra gracia y amistad. A los méritos de la Sangre preciosa que por mí derramasteis, amable Redentor de los hombres, a vuestras llagas sagradas cuya virtud ha curado las mías, debo mi reconciliación y mi salud.

¡Oh alma mía!, da gracias al Señor, tu Dios, y reconoce los prodigios de su bondad. Por los espantosos suplicios que tenías merecidos, no pide ya sino una ligera satisfacción, y todo lo quiere perdonar, todo lo quiere olvidar. Señor, es preciso que seáis quien sois, un Dios lleno de misericordia, para obrar conmigo de esta manera.

Renovad la resolución de no volver más a pecar

¡Dios mío!, grande horror al pecado me inspira lo que acabáis de hacer en mi favor y me hace tomar una nueva resolución de no volverlo más a cometer. Avivad en mí el deseo que siento de mudar de vida. Fortaleced, con vuestra gracia, la resolución que he tomado de no ofenderos ya más en adelante; haced que sea eficaz el propósito que tengo de evitar todas las ocasiones del pecado, sobre todo de [nombrarla] con que tanto tiempo ha os estoy disgustando. Voy a dar pruebas, desde este momento, de que he tenido la dicha de reconciliarme con Vos: desde hoy van a conocer todos, por la regularidad de mi vida, que Vos estáis conmigo. Si tengo bastante ánimo para triunfar de mí mismo en la tierra, tendré también la felicidad de reinar eternamente con Vos en el cielo.

Petición

Vos, Señor, sois siempre inmutable, mas los hijos de Adán son el juguete de su inconstancia y ligereza; aseméjanse a la hoja movediza que se lleva el viento, a la ola inquieta que ya se levanta, ya desaparece, a la frágil caña que no tiene resistencia. La desigualdad de su carácter, la variedad de sus caprichos, los arrastran sin cesar y los hacen girar en distintos y aun contrarios sentidos; no bien se vuelven a Vos, Dios mío, cuando de nuevo os abandonan; apenas dan un paso en el camino de la virtud, que no sea seguido de otro en el del pecado; hoy les dais la libertad de hijos de Dios y mañana se entregan a la esclavitud del demonio. Señor, sostenedme, afirmad mis pasos; ya que acabáis de sacarme del abismo, no permitáis que caiga de nuevo en él; prevenid mis recaídas y extravíos y acabad la obra que habéis comenzado. ¡Puedan mis deseos y resoluciones hacerme digno de ser contado en el número de los hijos predilectos de vuestro divino corazón!

No tardéis en cumplir con la penitencia que os hubiere sido impuesta, y, para mostrar a Dios la sinceridad de vuestras resoluciones, tomad las medidas convenientes para quitar la causa de vuestras caídas; huid de las ocasiones que os inducen a pecar, y, si son de aquellas que está en vuestra mano evitar, evitadlas; y si no las podéis evitar, tomad las debidas precauciones, y, de todos modos, imponeos alguna penitencia para el caso de volver a caer.

Cuando no se ha recibido la absolución

Si el confesor juzgare deber negaros la absolución, gemid interiormente y reconoced que no sois digno de recibirla; tomad la resolución de hacer nuevos esfuerzos para merecerla, mediante un cambio de vida y una verdadera penitencia, y decid la siguiente oración.

¡Oh buen Jesús! Ya habéis visto el interior de mi alma, ya habéis sondeado sus llagas, ¡pero, con todo, me voy sin ser curado! ¡Habéis conocido mis infidelidades y no me habéis perdonado! ¿Cuándo llegará el momento de alcanzar este beneficio? ¿Y qué haré, Jesús mío, para merecerlo? ¡Ah!, imploraré vuestra gracia para mejor combatir a mis enemigos; y a fin de triunfar de mis malas inclinaciones, os diré con el Apóstol: Sostenedme, que voy a perecer. Todo lo podéis, Señor, y yo nada puedo sin Vos. Vedme aquí a vuestros pies, tened piedad de mí, muévanse a compasión las entrañas de vuestra misericordia a la vista de vuestro hijo que llora sus pecados. Ya se acabó; quiero ser todo vuestro; fortaleced mi voluntad, a fin de que, cuando vuelva a acusarme y humillarme, merezca oír de vuestra boca aquellas palabras de gracia y bendición: Perdonados te son tus pecados. Amén.

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