Dios Existe (3)

P. A. Hillaire – La Religión Demostrada

PRIMERA VERDAD
DIOS EXISTE
(TERCERA PARTE)

(leer segunda parte)

3. La existencia del hombre, inteligente y libre

9. ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?

Sí; por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin causa capaz de producirlo.

Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, síguese que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.

Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?

¿Por ventura he sido yo mismo? ¿Fueron acaso mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?

1. No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe, no produce nada.

2. Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?

Hay, además, otra razón. Mi alma, que es una substancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es invisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.

3. No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación.

El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal, ni un animal, un hombre.

4. Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador. ¿De dónde ha sacado mi alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, síguese que por la existencia del hombre queda demostrada la existencia de Dios.

4. La existencia de la ley moral

10. ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?

Sí, la existencia de la ley moral prueba irrefutablemente que Dios existe.

Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.

Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.

Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia.

Nuestra conciencia nos dicta: 1º, que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2º, que debemos practicar el bien y evitar el mal; 3º, que todo acto malo merece castigo, como toda obra buena es digna de premio; 4º, esa misma conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.

¿Cuál es el origen de esa ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.

Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.

El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!… Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios –dijo Lacordaire–: El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La ira de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonian la existencia de Dios.

5. La creencia universal del género humano

11. El consentimiento de todos los pueblos ¿prueba la existencia de Dios?

Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.

Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades, buenas o malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos.

“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra –decía Plutarco, historiador de la antigüedad– y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.

El gran sabio Quatrefages, escribió: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.

Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al contrario, el origen del sacerdocio está en esa creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.

– ¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.

– ¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; tarde o temprano lo disipan la ciencia y el sentido común.

– ¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

– ¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el temor a Dios prueba su existencia.

– ¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.

Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

 

NARRACIÓN. En una reunión bastante numerosa, un incrédulo se expresó en contra de la existencia de Dios; y viendo que todo el mundo guardaba silencio, añadió:

– Jamás hubiera creído ser el único que no cree en Dios, entre tantas personas inteligentes.
– Os equivocáis, señor –replicó la dueña de la casa–; no sois el único: mis caballos, mi perro y mi gato comparten con vos ese honor; sólo que esos buenos animales tienen el talento de no gloriarse de ello.

(continuará…)

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