La Parábola del Hijo Pródigo

Evangelio del II Sábado de Cuaresma

P. Alfonso Calsina

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”… Entonces les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano”. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”» (Lucas 15, 11-32).

El regreso del hijo pródigo - Rembrandt

El padre representa a Dios, Padre nuestro por el Bautismo. El hijo menor simboliza al pecador, que pide la parte de su herencia, es decir, todos los bienes espirituales y materiales que ha recibido de Dios, para malgastarlos en una vida de pecado, lejos de su Padre. ¡Cuántas veces hemos ofendido a Dios con nuestros pecados, desperdiciando los dones que nos dio! Y sin embargo, la misericordia infinita de Dios está siempre esperándonos: ya desde lejos ve a su hijo y se adelanta hacia él para abrazarlo y besarlo. Qué hermoso detalle de la parábola para mostrarnos la paciencia y el amor de Dios para con nosotros, pobres pecadores.
La misericordia de Dios exige arrepentimiento: el hijo pródigo se levantó y volvió arrepentido a su casa, en una actitud humilde: “no merezco ser llamado hijo tuyo”. Dios no perdona al que no se arrepiente, porque éste no quiere ser perdonado. Dios exige nuestro asentimiento libre a su amor infinito: no nos puede salvar contra nuestra voluntad; nos ha creado libres.

El pecador arrepentido recupera la gracia y las virtudes que vienen con ella: es el vestido y el anillo que el padre manda poner a su hijo. La conversión a Dios es una vuelta a la vida, porque se recupera la gracia, participación de la vida misma de Dios: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Quien está en pecado mortal está muerto para Dios; sólo la frágil vida humana lo separa de la muerte eterna, que es el infierno.

Quien está en pecado mortal está muerto para Dios; sólo la frágil vida humana lo separa de la muerte eterna, que es el infierno

El hijo mayor simboliza al justo, aquél que no se ha separado de Dios por el pecado, pero orgulloso y envidioso. No acepta que su padre se alegre de la vuelta de su hijo menor, porque es un pecador. Es la actitud del fariseo, que desprecia a los demás porque no son como él o porque son pecadores. Es una actitud de la cual debemos precavernos mucho. Es muy fácil caer en los pecados de juicio al prójimo: crítica, murmuración, juicio temerario, difamación y calumnia. La virtud que podamos poseer nos viene de Dios; no es nuestra. Además carecemos de otras muchas virtudes: a menudo juzgamos a los demás por sus errores sin darnos cuenta que tenemos otros defectos que quizás son peores que los que criticamos. Es indispensable pedir a Dios y practicar la humildad: todo lo bueno que tenemos viene de Dios y eso nos obliga a darle gracias; no podemos enorgullecernos por algo que no nos pertenece sino que nos ha sido dado para que lo administremos y salvemos el alma.

Pero, ¿qué hacer ante los malos ejemplos, quizás entre quienes nos rodean? Ante todo, no juzgar: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mat. 7, 1). Lo cual no significa justificar el mal, sino evitar comentarios acerca de las personas que obran mal. Luego, si nos corresponde, debemos hablar con el que actuó mal para corregirlo, no para humillarlo ni despreciarlo, buscando su bien. Si continúa en su mala actitud, podemos recurrir a quien tenga autoridad para corregir, no buscando la murmuración sino el bien. Si, a pesar de todo no se corrige, no nos queda más que rezar por él y alejarnos para evitar las malas influencias, evitando todo juicio o comentario. Dice la Sagrada Escritura: «Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez, toda nuestra vida… incontenible azote, llena de veneno mortífero» (Sant. 3, 6-7).

No sabemos qué fue del hijo mayor de la parábola, pero podemos suponerlo. Si el virtuoso se deja llevar por la soberbia, termina peor que los pecadores a quienes desprecia, porque Dios rechaza a los soberbios. Nuestro Señor comía con pecadores para convertirlos; perdonó a la Magdalena, a la mujer adúltera y a Zaqueo, el recaudador. Imitemos su actitud cuidando de no caer en los peligros del orgullo, que es ceguera espiritual. Sigamos a la Santísima Virgen María, que se hizo la “Esclava del Señor”, siendo la Madre de Dios. La virtud sin humildad no es verdadera y es peligrosa.

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